sábado, 14 de noviembre de 2009

Tratamiento


Hace años, cuando trabajaba, me regalaron un dietario o una agenda, llamémosle como queramos, en la que en cada hoja que representaba un día del año aparecía una cita que invitaba a reflexionar. Una de la que siempre me acuerdo era aquella que dice... "sin esperanza no puede existir el esfuerzo". En aquel momento interesadamente imprimimos la frase y la colgamos por todo el mobiliario de la oficina como medida reivindicativa de una mejora laboral, pero sinceramente, de poco sirvió. Ahora podríamos aplicar esa misma máxima con el tema que nos ocupa y que no es otro que nuestra enfermedad. Tal vez no sea la esperanza el único concepto que a algunos nos mantenga anclados a la vida. En mi caso claramente es el amor.
Pero la aplicación de la cita en cuanto a tratamiento se refiere mucha esperanza no podemos depositar. En un mundo y en un tiempo de él que básicamente se rige por el concepto de la rentabilidad y de la productividad está claro que el mecanismo de la investigación no echará andar por un "insignificante" número de población afectada por un minoritario mal. Sólo tenemos que echar mano de la prensa diaria para adornar y entender de qué estoy hablando. A día de hoy las empresas no echan el cierre o se deslocalizan por acumulación de pérdidas sino porque no obtienen los beneficios esperados. Esto es algo que realmente diferencia esta crisis de la anterior del principio de los años 90.
Así que lejos quedan los Pasteur y los Fleming, que según cuenta la historia investigaban de forma ¿altruista? cualquier tipo de remedio sin importarles mucho el número de personas al que iba a beneficiar su investigación y su descubrimiento. Hoy en día es prácticamente imposible imaginar que alguien reciba subvenciones o simplemente un salario por investigar algo que en primera instancia no se presente como rentable, es decir, cuyo resultado no sea aplicable al mayor número posible de personas o cosas y que por lo tanto se obtenga el mayor beneficio con la mayor prontitud posible. Visto desde una forma global, desde un pensamiento global, esto es de lo más lógico pero a determinados colectivos sólo nos queda pensar que ese punto de vista es una auténtica jodienda. Sólo nos queda, si volvemos al concepto, "la esperanza" de que alguien se desvíe de un camino determinado de su investigación y que por casualidad descubra que el fallo puede servir para otro colectivo menor.
Así pues estamos en un tiempo en el que cualquier remedio o tratamiento de nuestra enfermedad es prácticamente simbólico y para no ser menos que la mayoría he de reconocer que ante la situación uno prueba desesperadamente todo aquello que se le plantea, tanto en el marco de la medicina convencional, como en las terapias alternativas e incluso aquello que a veces no se puede explicar porque socialmente no está admitido.
Así pues uno, al principio, "se deja", por decirlo de alguna manera, hacer todo aquello que los demás quieran. Por ejemplo, estar tomando diariamente un comprimido de Viox durante aproximadamente tres años con la intención de que en algo mejorará su estado de salud para que después, mediante una triste noticia de informativo televisivo, llegues a la conclusión que el citado medicamento sólo ha hecho que empeorar tu salud cardiaca. Todavía estoy esperando que el neurólogo que me recetó la medicación me avise que deje de tomar ese antiinflamatorio. Luego está uno de los pocos medicamentos reconocidos para combatir la enfermedad. Sí, aquel que empieza por R, del cual ahora se concreta que de forma reconocida alarga nuestra vida la triste esperanza de tres meses, pero por el cual hay que someterse a controles mensuales de nuestras transaminasas porque al parecer al hígado no le sienta bien la medicación. Y luego llegamos a la panacea, a lo que parece que acabará por resolver todos los males del mundo, las células madre. No puedo opinar porque ni nunca se me ha planteado tal solución ni tampoco me la he planteado hasta el punto de recorrer medio mundo para que alguien me aplique tratamiento. Pero todo parece indicar que el tema todavía no está ni mucho menos maduro, tal vez se encuentre en estado de germinación pero para la mayoría los plazos de evolución se nos presentan como extremadamente largos.
Siento que en todos mis apuntes sobre el tema sobre el que versa este blog tienen ese cariz pesimista, pero deberán de entender mis amados lectores que esta situación no es precisamente favorable para mantener el ánimo optimista, si bien soy de los acérrimos defensores de que de cualquier situación se extrae siempre algo positivo. Tal vez no lo haya dicho antes pero estoy tremendamente cabreado por esta soberana putada que es sufrir y vivir con ELA, aunque a simple vista no sé me nota casi nunca.

martes, 27 de octubre de 2009

Reportajes

Uf ...!!! Cuantos días sin escribir nada.
Hemos tenido algún problemilla y eso ha conllevado a estar fuera de combate y a tener la mente ocupada en otras cosas. No obstante aquí dejo dos enlaces de dos reportajes imprescindibles. En el primero participamos reclamando un derecho que cualquier país moderno que se precie de serlo debería reconocer, pero España ha copiado el modelo catalán de aparentar aquello que no se es y encima fardar de lo que sea como desvergonzado fantoche.
El segundo video es una perla en la que sobran las palabras de lo que significa vivir con ELA. Tiene todos los ingredientes de todo aquello que quisiéramos decir y que quizás no tendríamos palabras con las que decirlo, o quizás sí tendríamos las palabras pero no nos darían el tiempo para hacerlo, o lo más seguro es que aunque tuviéramos ambas cosas, delante como oyentes, no tendríamos prácticamente a nadie.

http://www.tv3.cat/videos/1522479

http://www.rtve.es/alacarta/%23613787

Añado también un enlace del blog del protagonista del reportaje de la televisión española. Espero y deseo que acepte en ponerle en mi lista de favoritos.

Salud a todos.

domingo, 11 de octubre de 2009

Comunicación


Hoy empezaremos el ciclo de las, en algún caso, mal llamadas ayudas técnicas y digo mal llamadas porque algunas de técnicas tienen poco. Por ejemplo, una silla de ruedas, sinceramente de técnico no tiene mucho ya que el hombre inventó la rueda en la mismísima prehistoria para desplazar aquello que de otra manera era difícil mover. Pero sobre las sillas de ruedas hablaremos otro día. Hoy nos centraremos en el tema de la comunicación o la interacción con el ordenador que mucho nos ayudará a no caer en las redes del aburrimiento y que en la medida de lo posible nos mantendrá conectados con el mundo exterior, ya sea de forma bidireccional como unidireccional.
Como ya hemos dicho antes a cada cual le afecta el tema de forma particular y casi exclusiva así que me limitaré a explicar mi propia experiencia tomando como guión la evolución de la enfermedad en mí mismo. Podríamos empezar recordando que desde la implantación del sistema operativo Windows podemos configurar el ratón tanto en la velocidad de su desplazamiento como configurar los dos pulsadores del ratón para que el izquierdo sea el derecho y viceversa. También hay ortopedias que en su catálogo disponen de ratones a los cuales pueden conectarse pulsadores que podremos accionar con cualquier parte del cuerpo que todavía conserve la movilidad. Pero hasta llegar a este punto que podríamos considerar extremo todavía recuerdo que escribía mediante el teclado de pie, frente al ordenador, con certeros movimientos del brazo y con sólo un dedo que se resistía a mantenerse erecto. ¡Cuántas noches de chat tecleando con un dedo suspendido de un brazo pendulante!
Pero llegado el momento en que las piernas empiezan a flaquear o que el texto que necesitamos escribir deje de ser cortas frases telegráficas tenemos que empezar a pensar en otras alternativas. Para mí, sinceramente, el auténtico descubrimiento han sido los programas de reconocimiento de voz. Es verdad que mi privilegio personal es conservar todavía esta facultad, pero desde hace bastantes años que agradezco toda mi actividad informática al programa Dragón NaturallySpeaking con el que podremos escribir, desplazarnos por el ordenador sin dificultad, abrir y cerrar ventanas, y cualquier cosa que podamos imaginar. Este es un programa de difusión comercial que podremos encontrar en cualquier tienda de informática o sección de informática de algún gran almacén. Su precio puede rondar los 100 €, pero dependiendo el caso de cada cual creo que pueden darse por bien empleados. Antes de éste probé otros pero desde mi punto de vista, se quedaban cortos en cuanto a desarrollo, pero de eso hace ya unos cuantos años y no los he vuelto a probar, actualizando el mencionado programa cada vez que aparece una nueva versión. El problema es que no lo hay catalán, así que para alguien que habla, sueña y ama en ese idioma tiene que realizar el esfuerzo mental de ir traduciendo cada una de sus palabras al mismo tiempo que las pronuncia en voz alta.
Pero ahora bien, también he podido probar otras cosas y también he oído hablar de otras aunque no las he probado. Dentro del primer grupo estaría el Ratón Facial, que no se trata de coger un hámster y amaestrarlo y luego dejarlo que se pasee por nuestra cara, y que de nada serviría para interactuar con la máquina.
Se trata de una aplicación informática, en concreto un programa informático, que sólo necesita una cámara web conectada al ordenador enfocando nuestra cara y que mediante el movimiento de nuestra cabeza moverá al ratón por la pantalla y que podremos combinarlo con la voz o con el click sobre un pulsador para confirmar la entrada. Esto podremos combinarlo con teclados de pantalla que el propio Windows lleva incorporado o con otros accesibles y así podremos escribir cualquier texto, con más o menos rapidez dependiendo de la práctica. Ahora bien en mi caso he de reconocer que el movimiento de cabeza, aunque leve (también es configurable la sensibilidad) hace que la musculatura del cuello se agote en demasía y luego ya sabemos lo que pasa, que cuesta recuperarse.
Aquí inserto el enlace donde poder descargar el programa:

http://www.crea-si.com/esp/rfacial.php

Buen trabajo el de esta gente de CREA, que según tengo entendido han puesto el programa a disposición de todo el mundo de forma gratuita, así que un aplauso, por favor.
También tengo noticias de que ellos mismos han desarrollado un sistema denominado "ojo de color" que se trata de que también mediante una Webcam y otro programa informático ésta es capaz de seguir un punto de color transformándolo en el movimiento del puntero en la pantalla del ordenador. El punto de color se consigue mediante una pegatina que generalmente se coloca en la frente.
También he oído hablar de un lector de iris que es como una especie de cámara que se pone ante uno de nuestros ojos y que lee el movimiento del iris transformando éste también en el movimiento del puntero en la pantalla. Al parecer el click se realiza mediante un simple parpadeo. El sistema es reconocidamente caro, por no decir que muy caro, pero no he tenido la oportunidad de hablar o conocer la opinión de nadie que lo haya aprobado o de nadie que lo use habitualmente. Sólo tengo referencias de una terapeuta ocupacional de una asociación que me dijo que el sistema se desconfigura muy a menudo y que también es difícil controlar el parpadeo así que el programa no hace la diferencia de cuando el parpadeo es para confirmar una entrada o para humedecer nuestros ojos.
Por último nombrar un programa que se llama Dasher que aunque tenga nombre de detergente para lavadoras nada tiene que ver con eso. Se trata de un programa que hace desfilar letra tras letra con el orden que considera que son las más usadas y que mediante el click de un pulsador iremos seleccionando letra a letra hasta completar la frase requerida. Tengo referencias directas de personas que lo usan y me cuentan las mil y una maravillas de este simple programa. También he leído algunos foros sobre su utilización y todos coinciden en que con la práctica se consiguen velocidades mecanográficas, así que cualquier día de estos lo probaré.
Y hasta aquí puedo leer y escribir. Si alguien conoce alguna otra cosa que lo diga.

sábado, 3 de octubre de 2009

Quién era y quién soy

Dicen que de cualquier situación siempre se puede extraer algo positivo. El problema en todo caso podría residir en que las situaciones que generan sucesos no deseados o no previstos proporcionan, sin lugar a dudas, molestias de las que podríamos prescindir para un buen desarrollo personal e intelectual. Tal vez sí pueda decir por mi propia experiencia que algunas de esas pruebas a las que nos somete la vida son irrepetibles, pero no por el sentido literal de la palabra irrepetible, en el sentido de que no volverán a suceder, sino porque parte del conocimiento vital que aportan a tu vida no habrá situación o condicionante que pueda ofrecerte ese mismo conocimiento. De todas formas para ser del todo sincero he de reconocer que la vida podría haberme ahorrado perfectamente este relativo privilegio de padecer semejante mal y puestos a elegir preferiría seguir siendo el ignorante y bobo que siempre fui y que, seguramente, algunos pensarán que sigo siendo.

El de antes

Tenía 33 años y una salud aceptable para alguien de esa edad. Tenía un hijo de seis años y una hija de dos, fruto de 10 años de un matrimonio que en ocasiones podía desencadenar alguna tormenta que rápidamente disipabas con esos mecanismos que cada uno inventamos para aligerar cierta presión. En mi caso la receta era simple; salidas dominicales en bicicleta de montaña por Collçerola, casi siempre repitiendo el mismo itinerario, recompensando el esfuerzo con un estupendo bocadillo de tortilla a la francesa, una jarra de cerveza y un cigarrillo acompañando un café expreso a media excursión. La misma rutina independientemente de que fuera invierno o verano. No obstante en invierno ampliaba al catálogo de actividades con el esquí, tanto de pista como de travesía, que me permitían volver a sentirme rodeado por mi querido Pirineo. Poca cosa más habría que añadir a mis actividades extra laborales o extra familiares, exceptuando un par de cenas al año con compañeros y amigos, aunque, eso sí, sin las respectivas esposas, supongo que por aquello de relajar en la medida de lo posible la mente, como mínimo la mía. En casa un matrimonio de lo más convencional, de lo que la mayoría entiende como convencional y de lo que yo entendía por aquel entonces como de lo más convencional. Tal vez la única diferencia respecto a lo que yo podía observar como comportamiento mayoritario de nuestro entorno era que dedicaba horas infinitas al juego con mis hijos a los cuales brindé dedicación absoluta desde el mismo momento en el que aparecieron en mi vida. Laboralmente nada que pudiera definirse como extraordinario. Empleado de una multinacional del automóvil que después de 16 años de fidelidad a una marca había conseguido un puesto de responsable de grupo en una oficina técnica de construcción de prototipos. Trabajo estresante donde los haya aunque también hay que reconocer que el estrés es algo subjetivo ya que he llegado a la conclusión que ante la misma situación o carga de trabajo dos individuos reaccionan de diferente forma ante eso y se estresan acorde con su capacidad o su sentido de la responsabilidad. Eso todavía hoy no lo tengo claro. Sea como sea la verdad es que este dato es determinante para poder justificar mi teoría personal de lo que conlleva una situación continuada de estrés y que quizás genere problemas que desembocan en situaciones por las que me veo escribiendo esto que escribo.

Lo que soy

Tengo 48 años y una salud nada acorde con mi edad. Alguno dirá que todo es relativo ya que aparte de padecer una enfermedad neurodegenerativa que a diario sigue paralizándome sin pausa no tengo ni siquiera el colesterol alto. Como dice mi médico, tengo una analítica sanguínea de un chaval de 15 años, así que nada que destacar. Hace dos años que no salgo de casa, así que tengo que ver la montaña desde el televisor, que me acompaña un buen número de horas al día y la cosa está difícil porque mi verdadera lucha es contra el aburrimiento y por mucho que practique la meditación la mente necesita descansar con cosas más banales y la televisión y el video es un buen método aunque el primero muchas veces deja mucho que desear. Tengo una hija de 17 años y un hijo de 21 fruto de un matrimonio que se acabó al poco tiempo de contraer la enfermedad. La incapacidad de aceptar una nueva situación desembocó en un proceso de separación y posterior divorcio que por calificarlo de alguna manera podríamos enumerarlo como "traumático", así que he descubierto que la incapacidad puede ser física y mental, si bien de esta última creo que todavía no soy víctima. Estoy felizmente casado desde hace cinco años con mi fisioterapeuta con quien convivo desde hace 10 y a la que conocí en un centro de recuperación dos días después de firmar el acuerdo de separación en el juzgado. De pequeños nos enseñan a creer ciegamente en la existencia de nuestro particular ángel de la guarda, alguien incorpóreo que vigila cada uno de nuestros movimientos y nos protege y avisa de cualquier peligro que nos acontezca. El mío es de carne y hueso, y no puedo vivir sin él y esta afirmación sí que es literal y absoluta. La quiero, me quiere, nos queremos hasta un punto que jamás imaginé que pudiera ser. La presión se acentúa cuando está más de dos horas lejos de mí hasta un punto que casi me empuja a la locura. Juntos hemos viajado a mil y un lugares que el tiempo nos ha permitido. Siempre estamos de buen humor y procuramos en la medida de lo posible no privarnos de casi nada. Veo poco a mis hijos aunque cada vez que ellos lo necesitan y eso, por sí solo, ya es una victoria pensando que durante 10 años nunca se cumplió un régimen de visitas que en tres ocasiones ratificó un juez. Hablo de los tres seres a los que más amo, y lo hago de la forma más desinteresada que jamás he conocido. Nuestra vida social se ha reducido a la mínima expresión aunque todavía quedan tres buenos amigos que encuentran huecos en sus apretadas agendas para compartir líneas o palabras. Poco a poco, unos más rápidos que otros, han ido desapareciendo todos aquellos que formaban "nuestro entorno", y lo justifico pensando que nuestra compañía cada vez se hace más dura y aburrida.
Mi método de subsistencia es una generosa pensión del Estado que gracias a haber trabajado en una multinacional, donde prácticamente cotizaba el máximo cotizable, no puedo quejarme. En esto el Estado es sencillamente matemático; tanto pagas tanto cobrarás.
Estoy prácticamente paralizado. Sólo muevo los dedos de los pies, un dedo con dificultad de la mano derecha, suficiente para hacer clic en un ratón que no puedo mover, y la cabeza lateralmente para poder hacer cualquier tipo de negación. Por suerte, lo reconozco, todavía conservo la voz y la conservo para poder escribir esto y alguna cosa más y para poder decirle a quien se lo merece "t'estimo”.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Diagnóstico

Cuando se trata de poner negro sobre blanco acostumbra a pasar que las cosas se complican o se vuelven lentas hasta un punto desesperante. Algo que a priori podría parecer tan simple y sobre todo absolutamente necesario como el saber "¿qué me pasa, doctor?", puede conllevar un prolongado paso del tiempo que ante todo resulta molesto e ineficaz. Porque para todo lo que sucederá a partir de sentir los primeros síntomas de nuestra enfermedad es absolutamente indispensable tener en algún papel firmado por algún valiente la terrible palabra "ELA". Y digo esto porque para cualquier trámite indispensable para nuestra propia supervivencia o para, incluso, la mejor calidad de vida dentro de nuestra anomalía, la contundencia en la definición escueta de lo que nos pasa será determinante.
Partiendo de la base que la neurología es una de las ramas de la medicina, por decirlo de alguna manera, más desagradecidas de cuántas hay, ya que un buen número de las alteraciones del funcionamiento de nuestras neuronas carecen de explicación y también de tratamiento, no es de extrañar determinados nerviosismos por parte de determinados facultativos. Algunos optan por aplicar a rajatabla el protocolo redactado por otros y que para poder decir esto o lo otro tienes que cumplir, también a rajatabla, cada uno de los puntos que determina este protocolo. Dicho de otra manera sería como aplicar una norma DIN (alemana) o una norma ISO (internacional) de las que se utilizan para controlar la calidad, el funcionamiento de cualquier material, estructura y/o componente y que se aplican sin el más mínimo pero. Es decir: "pasa o no pasa", o también dicho de otra forma, si no se cumplen todos y cada uno de los requisitos estás fuera. Otros en cambio, son más que maleables en sus apreciaciones y admiten que quizás hará falta de otro nombre específico para aquello que no cumple la norma al 100 × 100 y que por ello se puede incluir dentro de una de denominación algo más general y sobre todo más "mediática", por decirlo de alguna manera. Quizás sea esta una actitud más pragmática y que algunos agradecemos. Al final, como la mayoría del mundo, nos acercamos y nos dejamos acariciar por aquellos que más nos quieren y que por ello mejor nos tratan aunque ello conlleve a dar la espalda a los supuestamente más excelsos en su sabiduría, pero que por su altivez y falta de cintura nos resultan sumamente molestos. La ventaja de padecer esta enfermedad es que si uno es capaz de controlar el desasosiego que genera, la fluidez mental mejorará ostensiblemente con respecto a lo que pensábamos nosotros mismos sobre nuestras capacidades y por lo tanto también nos ofrecerá una mayor agilidad a la hora de determinar las "bondades" de nuestros interlocutores y por lo tanto nos permitirá elegir o abrir y cerrar nuestra particular muralla.
Con todas estas premisas desconocidas de antemano nos presentamos ante la clase médica con nuestras rampas, debilidades musculares, torpeza física, distonias, fasciculaciones, etc. ante ellos con la esperanza de una explicación, o de un tratamiento y sobre todo de mucha comprensión. En algunos casos su actitud ante nosotros será positiva aunque su pronóstico no sea el que nos gustaría, pero se agradece determinado calor. En otros nos pondremos en manos de personajes fríos y metódicos que cada 90 días te practicarán un electromiograma, que como algunos sabréis consiste en clavarte un buen número de largas agujas en los músculos para luego aplicar corrientes eléctricas de diferente intensidad. Por lo que tengo entendido con una o a lo sumo dos de estas pruebas son más que suficientes para determinar aquello que buscan. Otra cosa curiosa es que esta prueba te la pueden hacer en partes del cuerpo realmente inverosímiles como el mismo agujero del culo, pero aquí es cuando nuestra paciencia tiene que determinar hasta donde pueden ellos llegar. La cuestión es que muchas veces no tienes que perderla, la paciencia, hasta que tras insistir el facultativo acceda a tu petición y tenga a bien poner por escrito un diagnóstico o una apreciación diagnóstica de aquello que te puede pasar. La experiencia me lleva a la conclusión que la nuestra es una enfermedad prácticamente "a la carta" donde determinados indicios nos suceden de forma aleatoria, a diferencia del resto, inclusive en su desarrollo en el tiempo, aunque al final desemboquen todos en el mismo resultado final. Por esto me pongo un poco nervioso ante el protocolo que si bien puedo entender su existencia rompe con la alternativa de que se acepte el "se parece a" pueda interpretarse como un "es" que mucho nos ayudaría aunque sólo fuera para tener un papel que poder presentar ante determinados estamentos.
Para acabar, insisto, que al final, después de conocer a una larga lista de facultativos, uno se queda con aquellos que mejor te tratan, con aquellos que mejor pueden ponerse en tu lugar o con aquel que es capaz de bajar de su pedestal para compartir tu momento.

domingo, 13 de septiembre de 2009

La mosca

Nos acercamos ya a un cambio de estación. A punto está de llegar el otoño y el aire acondicionado al fin puede reposar. Es tiempo de abrir puertas y ventanas y dejar que el aire fresco se lleve bien lejos el calor acumulado en las paredes. Pero algo tan simple como eso conlleva terroríficos peligros. Sentado en mi sillón abatible permanezco "todo tieso" ante el televisor intentando evitar que el aburrimiento más implacable se apodere de mí. Misión imposible, ya que es difícil encontrar en la programación diaria de televisión algo que te distraiga íntegramente, pero en problema mayor se convierte si añadimos a esto la imposibilidad de manejar el mando a distancia y el no poder hacer zapping sea un motivo más de una insufrible impotencia. En esto que una mosca atraviesa con descaro la puerta del balcón a gran velocidad y efectúa un par de pasadas entre el espacio que me separa del televisor. Nada importante para la mayoría. Pero luego parece que la mosca ha fijado su objetivo en un cuerpo inmóvil que desprende calor, como si de una gran mierda se tratara, y sobrevuela con insistencia mi espacio vital. No puedo dejar de pensar en aquella leyenda urbana que me contó mi hermana Montse, enfermera de profesión, que cuando se ve rondar una mosca el cabezal de una cama de hospital se anuncia fiambre seguro. Sólo puedo seguirla con la mirada y leves movimientos de cabeza y aunque de momento no hay una toma de contacto directa me siento amenazado e incordiado. Al fin osa en detenerse en la parte exterior de la mano y moviendo el único de mis veinte dedos que todavía no ha decidido paralizarse consigo que se aparte de mí. Pero la escena se repite hasta cuatro veces más y empiezo a agobiarme. Luego la mosca cambia de zona de vuelo y ronda mi cabeza y la cara y consigo con leves soplidos de aire incordiarla también a ella, pero no puedo dejar de pensar en que de ninguna de las maneras puedo taponar los cuatro orificios residentes en mi cabeza, es decir, los dos agujeros de la nariz y cada una de mis orejas. Y pienso en eso porque, ya sé que no seré devorado por una mosca, o tal vez sí, tal vez sólo sea cuestión de tiempo, de mucho tiempo, claro, pero la idea no se aparta de mí y me aterroriza el pensar en todo aquello que pueda hacer una mosca dentro de cualquiera de esos cuatro agujeros. Al final, desprevenido y víctima del despiste la mosca se posa encima de la comisura de los labios y consigo medio elaborar una mezcla de soplo y salivazo, que más que otra cosa provoca que un par de gotas decoren el rojo de mi camisa. No puedo más, no puedo aniquilar por mí sólo tan minúsculo e impertinente insecto, así que retomo fuerzas, recargo mi pulmón y grito y llamo a mi fiel y omnipresente guardiana con solo una palabra: ¡mosca!, y ella aparece con el simple, ecológico y pseudo-tenístico matamoscas de siempre y con dos drives y dos reveses aniquila a mi tremenda amenaza.
Se acabó, una vez más le doy las gracias que aunque repetitivas no dejan de ser absolutamente sinceras. Uno acaba por acostumbrarse a gobernar ese dolor en la boca del estómago que provoca la impotencia de no poder mover el más mínimo músculo, la misma que provoca el no poder dar una caricia, un abrazo, una palmada en la espalda o pasar tu mano entre los pelos de la persona amada.

Dedicado a Carles, amigo y psicólogo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

El inicio

La tendencia natural de una sociedad que se atreve a considerarse como del bienestar es a conservar a toda costa cualquier logro conseguido y la salud es el elemento prioritario de todo nuestro sistema, el más íntimo para nosotros y el más esencial. Como dice aquella canción "tres cosas hay en la vida; salud, dinero y amor", y después de pensarlo horas y horas debe mantenerse ese mismo orden, aunque cualquier combinación del orden podrá ser soportable a base de mucho esfuerzo. Es por esto que la mayoría vivimos el día a día afirmándonos de forma consciente o semiconsciente y un sinfín de veces que "esto a mí no me pasará" al saber o al tener conocimiento de determinadas enfermedades o de determinadas situaciones que a otros les toca vivir. Luego están los mecanismos naturales del entendimiento y que nos hace pensar sin esfuerzo que con 33 años nada grave nos puede suceder, siempre y cuando no nos sometamos a nosotros mismos a algún riesgo. Pero eso se rompe cuando el día más inesperado notamos que el brazo izquierdo gandulea cuando le ordenamos que recoja algo del suelo o que le queramos someter a un ejercicio físico de forma deliberada. Ese fue mi caso. Aquel día regresé del gimnasio sometiendo a mi bíceps izquierdo a toda clase de pruebas, tal vez hasta la extenuación, preguntándome a mí mismo qué extraña y desconocida lesión acaba de sufrir. Aquello sólo era el principio. En aquellos momentos uno echa mano de su corta historia y recuerda que de pequeños sufríamos escalofriantes caídas causadas más por nuestra propia inconsciencia que por otros motivos y que con casi toda probabilidad a la mañana siguiente o dos días después, a lo más tardar, sólo quedaría un pequeño círculo oscuro como recuerdo de aquel trompazo. Algo parecido a contraer una gripe que tras dos o tres días de incubación luego uno se despierta cada mañana un poco mejor que ayer, pero peor que mañana. Aquí la frase se invierte y a mayor o menor velocidad uno está hoy mejor que mañana, pero peor que ayer.
Así que tardas meses en entender que esa "anomalía" no tiene nada de normal y empiezas a plantearte visitar al médico de familia al que, en mi caso, casi no conocía y éste empieza a mirarte primero con incredulidad, ya que al no conocerte lo primero que debe pensar es que "otro caradura que pretende coger la baja y menudo cuento chino se está inventando para ello". Pero lo más seguro es que dependiendo de tu propia insistencia el rostro del facultativo empiece a transformarse en algo parecido a la del más puro ignorante, ya que lo más probable es que se encuentre por primera vez en su vida ante algo de semejante naturaleza. Así que una vez aclarado con el médico que lo único que quiero es que alguien me explique qué me pasa y que él se quede tranquilo de que no tiene que firmarme ninguna baja laboral éste, rápidamente, se sacude el problema de encima lo más rápido posible derivándote a un especialista, que en mi caso fue a un traumatólogo. Y aquí empieza otro calvario, horas y horas desperdiciadas en masificadas salas de espera donde el tiempo ajeno se vilipendía y se maltrata de una forma exagerada. Creo que puedo afirmar que a todos nos ha dado alguna vez esa sensación de ser mirado como un delincuente ante un grupo de enfermeras, auténticas gestoras de agendas, dispuestas a defenderse de supuestos ataques por parte de impacientes pacientes. Aquel traumatólogo algo se sospechaba ya que no tardó ni cinco minutos en implementar una hoja de derivación al neurólogo de turno. Corrijo, neuróloga. Aquella fue la primera de... ¿cuántos?, ¿ocho?, ¿nueve?, es igual el número. Cada uno de ellos con una visión diferente del caso y en algunos casos auténticos artistas de las verónicas más taurinas, pero de eso, o de ellos, ya hablaremos otro día.
Por hoy ya es suficiente, ya que la mayoría se asusta ante tanta letra.